martes 30 de enero de 2007

Plegaria desde la Isla

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Yo te agradezco vida por cada espina, pues me recuerdan que voy caminando,
Yo te agradezco vida por cada lágrima, pues sin su sal todo me sabría a nada,
Yo te agradezco vida por mis caídas, pues al levantarme siempre veo el cielo.
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Yo te agradezco vida por cada pérdida, pues me recuerdan que nada es mio.
Yo te agradezco vida por lo que fué, por el quizá, por el tal vez...

Pero por sobre todas las cosas, yo te agradezco vida por este instante,
por este fugaz momento bajo el sol, en el que te siento y te vivo,
en el que puedo mirarte a los ojos y sentirme aquí, plenamente ahora...

¿adonde más?

lunes 29 de enero de 2007

Pancracia de las Desgracias


Eran como las cinco de la tarde y el calor no aflojaba. La callecita de tierra que daba al fondo del jardín era una fábrica de polvo que Doña Pancracia ponía en huelga a baldazos de agua. - ¿Cuando vendrá el agua diosito! - murmuraba mirando un cielo sin nubes.

.Hacía ya varios años que los veranos en Garrón venían así, cocción rápida al rayo del sol o despacito, cual pollo al spiedo, en una hamaca paraguaya y bajo la sombra de algún limonero. El viento tórrido solo servía para levantar polvo y darle un sentido a la vida de Doña Pancracia, cuyas invocaciones estaban por cambiar la historia del pueblo, de una vez y para siempre.

Hacía ya cincuenta días que no caía una gota de agua. Esa tarde, la que quedó fijada en mi memoria y que es hoy motivo de este salpicón de letras, Doña Pancracia se ganó por siempre el título de "Pancracia de las Desgracias", y Garrón Hernández, mi pueblo, firmó su sentencia de muerte, cuando luego del último baldazo de agua acompañado de la consabida invocación, aparecieron en el horizonte los primeros nubarrones...

viernes 26 de enero de 2007

... y no era el mar.

... y no era el mar, sino tus ojos... y sin embargo, por esas paradojas que la vida nos regala, era también el mar... profundo, cálido. Insondable belleza que navegó mi alma, olvidando por un rato ese tic tac del tiempo.

Verde espejo en el que te vi, mezcla de risa y de llanto, queriendo florecer, venciendo miedos, dulce sirena envuelta en mil colores, jugando con las olas para dibujar tu vida, tu vida nueva, tu horizonte eterno, libre...

No era el mar, sino tus ojos... y en tus ojos un mar de sueños.

lunes 15 de enero de 2007

Recuerdos de Garrón Hernández


Por un tiempo me dediqué a extrañar mi pueblo. No duró mucho, enseguida me di cuenta de que no se podía vivir en el pasado, que tenía que hacer un esfuerzo para hacerme de aquí. Entonces salí a caminar la isla. Me cargué la notebook, la cantimplora y un par de caracoles y emprendí una travesía que duró casi quince minutos. Tan corto se me hizo el viaje que ese mismo día opté por dar otras 25 vueltas a mi nuevo hogar de media manzana.


"Garrón" era más grande (así le decíamos los más jóvenes pero era "Comandante Garrón Hernández" para los catastros y para los dos o tres próceres que vivían en el pueblo) , como unas seis manzanas diría, si cuento las dos cuadras de quintas que la mayoría de los habitantes llamaban "el campo". Con suerte y con la ayuda de la temporada de pinchazos llegabamos en algunas ocasiones a la cifra record de 32 habitantes, contando a los cuatro turistas que cada año quedaban anclados, encomendando sus destinos a las manos de Edelmiro Martínez, el propietario de la única gomería del pueblo.
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Don Edelmiro era, en teoría, un hombre muy trabajador, pero el hecho de que en Garrón Hernández no hubiese ningún automóvil no lo ayudaba demasiado a lucir sus cualidades. Tal vez por esa razón es que ponía tanto empeño en brindar un servicio "internacional" (así le decía a los turistas), que incluía unas cebadas de mate, una silla cómoda cerca del ventilador y la infaltable música popular que sonaba ronca desde su spika. Un servicio completísimo al que solo le faltaban los materiales para emparchar los neumáticos, detalle que siempre olvidaba y que obligaba a los ciudadanos "en tránsito" a pernoctar en el único lugar disponible para tales menesteres: la pensión de la tana.
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La pensión no era otra cosa que un cuarto de 2x2 ubicado al fondo del bar del pueblo, sin baño y con dos camitas de flejes y unos colchones de lana donde las chinches aguardaban ansiosas la llegada de las próximas víctimas. Para el comienzo de la temporada de pinchazos, la "tana" (que era descendiente de polacos) sacaba a las gallinas de la habitación, baldeaba el piso y rociaba un poco de kerosene, - para mejorar el aroma y desinfectar el ambiente -, decía.
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En el bar había un gran libro de tapas duras titulado "libro de quejas" en el cual debían apuntarse los datos y firma de todos los visitantes. Nadie sabía cuando ni como había llegado allí el libro, pero lo cierto es que nadie podía dejar Garrón sin haberlo firmado. Cuento esto porque siento un afecto especial por los libros viejos. No se imaginan como me hubiese gustado haberlo rescatado del naufragio... Pero esa, queridos amigos, es otra historia.

viernes 12 de enero de 2007

Mensaje en una botella


Pensar que hace unos años me hubiese convertido en una especie de cartucho parker. Hubiese pinchando de a uno cada uno de mis dedos para acceder a una improvisada aunque casi ilimitada reserva de tinta roja. Aunque tal vez para no sacar a la luz mi fasceta masoquista o para no dar la imagen de "maestro ciruelo" (quizá tan solo para evitar posibles infecciones), hubiese ensayado primero la pesca del calamar.

Desde una perspectiva positiva se me ocurre que hubiese contado con la valiosa tinta negra (aunque en cantidades más reducidas) y, de yapa, me hubiese podido preparar unas rabas, que sin duda hubiesen tenido mejor sabor que los cocos y los caracoles que vienen siendo la base de mi dieta desde que estoy aquí. Quiza el problema mayor hubiese sido el aceite, tal vez un poco la harina, aunque quien sabe si después de un rato me hubiese terminando acostumbrando a la textura y sabor de la arena tropical.

Afortunadamente no fue necesario llegar hasta ese punto. Mi naufragio fue un naufragio lento, lo suficientemente lento como para permitirme llevar conmigo mi laptop WIFI satelital, a la que cuido más que a los caracoles (a los cocos no los cuido porque se cuidan solitos). Ustedes se preguntarán entonces por qué este boludo no manda un mail para que lo vayan a rescatar. Buena pregunta, pero para serles sinceros, tengo una fuerte tendencia a la dispersión, así que prefiero no irme de tema.

Lo cierto es que estoy acá hace bastante tiempo, más del que pueda recordar. Al principio miraba a cada rato el relojito de la XP, tachaba electrónicamente cada día y me mantenía en sintonía con el calendario. En el momento de mayor frenesí me apostaba a mi mismo que era 24 de abril mientras con la mano derecha acercaba la flechita del mouse al ícono. Mi corazón se aceleraba, la tensión crecía y entonces... click... lunes, 24 de abril de 2oo4 .... siiiii, triunfo sobre la tecnología.... Al final, me cansé del juego y alteré por siempre el curso de mi vida. Desde alguno de esos días que ya viví que paso de las fechas y los horarios, pero esa es otra historia...