
Por un tiempo me dediqué a extrañar mi pueblo. No duró mucho, enseguida me di cuenta de que no se podía vivir en el pasado, que tenía que hacer un esfuerzo para hacerme de aquí. Entonces salí a caminar la isla. Me cargué la notebook, la cantimplora y un par de caracoles y emprendí una travesía que duró casi quince minutos. Tan corto se me hizo el viaje que ese mismo día opté por dar otras 25 vueltas a mi nuevo hogar de media manzana.
"Garrón" era más grande (así le decíamos los más jóvenes pero era "Comandante Garrón Hernández" para los catastros y para los dos o tres próceres que vivían en el pueblo) , como unas seis manzanas diría, si cuento las dos cuadras de quintas que la mayoría de los habitantes llamaban "el campo". Con suerte y con la ayuda de la temporada de pinchazos llegabamos en algunas ocasiones a la cifra record de 32 habitantes, contando a los cuatro turistas que cada año quedaban anclados, encomendando sus destinos a las manos de Edelmiro Martínez, el propietario de la única gomería del pueblo.
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Don Edelmiro era, en teoría, un hombre muy trabajador, pero el hecho de que en Garrón Hernández no hubiese ningún automóvil no lo ayudaba demasiado a lucir sus cualidades. Tal vez por esa razón es que ponía tanto empeño en brindar un servicio "internacional" (así le decía a los turistas), que incluía unas cebadas de mate, una silla cómoda cerca del ventilador y la infaltable música popular que sonaba ronca desde su spika. Un servicio completísimo al que solo le faltaban los materiales para emparchar los neumáticos, detalle que siempre olvidaba y que obligaba a los ciudadanos "en tránsito" a pernoctar en el único lugar disponible para tales menesteres: la pensión de la tana.
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La pensión no era otra cosa que un cuarto de 2x2 ubicado al fondo del bar del pueblo, sin baño y con dos camitas de flejes y unos colchones de lana donde las chinches aguardaban ansiosas la llegada de las próximas víctimas. Para el comienzo de la temporada de pinchazos, la "tana" (que era descendiente de polacos) sacaba a las gallinas de la habitación, baldeaba el piso y rociaba un poco de kerosene, - para mejorar el aroma y desinfectar el ambiente -, decía.
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En el bar había un gran libro de tapas duras titulado "libro de quejas" en el cual debían apuntarse los datos y firma de todos los visitantes. Nadie sabía cuando ni como había llegado allí el libro, pero lo cierto es que nadie podía dejar Garrón sin haberlo firmado. Cuento esto porque siento un afecto especial por los libros viejos. No se imaginan como me hubiese gustado haberlo rescatado del naufragio... Pero esa, queridos amigos, es otra historia.