
Eran como las cinco de la tarde y el calor no aflojaba. La callecita de tierra que daba al fondo del jardín era una fábrica de polvo que Doña Pancracia ponía en huelga a baldazos de agua. - ¿Cuando vendrá el agua diosito! - murmuraba mirando un cielo sin nubes.
.Hacía ya varios años que los veranos en Garrón venían así, cocción rápida al rayo del sol o despacito, cual pollo al spiedo, en una hamaca paraguaya y bajo la sombra de algún limonero. El viento tórrido solo servía para levantar polvo y darle un sentido a la vida de Doña Pancracia, cuyas invocaciones estaban por cambiar la historia del pueblo, de una vez y para siempre.
Hacía ya cincuenta días que no caía una gota de agua. Esa tarde, la que quedó fijada en mi memoria y que es hoy motivo de este salpicón de letras, Doña Pancracia se ganó por siempre el título de "Pancracia de las Desgracias", y Garrón Hernández, mi pueblo, firmó su sentencia de muerte, cuando luego del último baldazo de agua acompañado de la consabida invocación, aparecieron en el horizonte los primeros nubarrones...

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